sábado, 3 de marzo de 2018

A VECES...



A veces la soledad me invade,
con la llegada de las sombras.

En tristece estar solo,
sentirse solo,
y notar ese frío intenso,
que se clava en el alma.

En esos momentos, veo tus ropas 
dentro del armario,
los vestidos colgados en las perchas,
una cómoda vacía con la esencia de tu cuerpo
y nuestro lecho.

Hay un algo inexplicable que me dice
que he debido de amar una utopía,
que quizás hubiera sido mejor
comprar un ramo de rosas
e invitarte a una comida 
para celebrar alguna cosa.

Pero quizás es mejor así,
y puede que lo ideal sea que dejemos de vernos,
que volvamos a nuestra rutina
y que nos olvidemos el uno del otro,
porque si no vamos a ser felices
vale más saludarnos, simplemente,
en las fechas de costumbre
y compartir un café de vez en cuando.

Si ahora miro este cuarto y cierro los ojos,
es posible que reclame tu beso
y me quede esperando eternamente
a que la luz se apague,
a que me llegue tu voz,
a que me digas buenas noches
y a que te acuestes a mi lado,
como hacíamos antes.

Pero ya sé que no es posible
y que la soledad de ahora 
es algo que ha empezado hace tiempo,
por eso me tengo que ir olvidando
de tu ropa, de tus collares y pulseras,
de tu perfume, incluso,
y hasta de esa cara dormida, en la almohada,
que tantas veces vi en la mañana,
al despertarme.

Rafael Sánchez Ortega ©
27/02/18

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