MÁS TENGO QUE DECIR QUE ESTOY CANSADO...

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II

Más tengo que decir que estoy cansado;
la lágrima salada se derrama
bajando por el párpado apagado,
buscando la raíz del cubrecama.

Hoy tengo que decir, todo turbado,
que espero la caricia de la cama,
el cuerpo que me ofrezca su costado
y el seno que palpite con su llama.

Y tengo que escribir de todo esto
si quiero mantenerte en mi retina.
Ya sabes que ser bueno no es honesto,
que prima la mentira tan dañina
y exige al corazón estar dispuesto
a ser el perdedor de mi ruina.

Rafael Sánchez Ortega ©
30/09/11

LA PLUMA VA DEJANDO EN LA CUARTILLA...

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III

La pluma va dejando en la cuartilla
el poso de mi alma enamorada,
la cita musitada en la capilla
y el roce de la mano ilusionada.

No debo de olvidar una mejilla,
los ojos de emoción y la mirada,
el pelo enmarañado en la mantilla
y el labio de la niña que me amaba.

Más tengo que volver al lado izquierdo
contando la miseria inoportuna,
el duro escalofrío del recuerdo,
el llanto balbuceante de la luna,
la pérdida total y el desacuerdo
que hicieron que perdiera mi fortuna.

Rafael Sánchez Ortega ©
30/09/11

Y ENTONCES TE PERDÍ, QUERIDA MÍA...

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IV

Y entonces te perdí, querida mía,
perdí tu corazón una mañana,
perdí todo tu ser en aquel día
y nada te importó, como si nada.

Entonces se tronchó tanta alegría
cerrando a cal y canto mi ventana,
dejé de recitar lo que sentía
maté a mi corazón en la desgana.

Pero algo se perdió con aquel fuego,
el beso, la caricia y la dulzura,
el verso del pasado en el talego
quedó traspapelado en su clausura.
Por eso escribo ahora, como un ruego,
y escribo para ti, con mi locura.

Rafael Sánchez Ortega ©
30/09/11

NOSTALGIA.

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¿Te diste cuenta de que eras el centro
de atención de todos los presentes?


...Puede que no, pero yo si te vi
en aquel sitio preferente y solitario.


Hablabas a las gentes y contabas tus secretos;
quizás las melodías rescatadas en la tarde,
quizás de aquel pastel comido no hace mucho
y la jarana, compartida, entre los niños que jugaban,
celebrando un cumpleaños.


Hablabas de tu arte y de tus cosas,
del modo en que nacían esas letras
en tu pecho,
hablabas de la flor que te inspiraba
y trasmitía vibraciones no vividas,
hablabas de la vida y de la muerte,
de las noches y los días,
de las nieblas y las sombras,
de los ríos y los mares.


Hablabas de aquel día, no hace tanto,
pasado en la campiña castellana;
hablabas de sus piedras y ciudades,
hablabas de unas manos en tus manos,
de unos ojos que leían a los tuyos,
de unos labios que temblaban
y buscaban a tus labios,
hablabas de aquel beso inenarrable,
con el acto de locura consiguiente que viviste,
hablabas de la sangre arrebolada de tus venas
que inundaba como un fuego tus entrañas,
de la música sin nombre que emanaba de tu cuerpo
y te llevaba hasta otros brazos.


Y hablabas y hablabas...
Pero eras tú, la protagonista de aquel acto,
quien tenía en ese instante la palabra,
quien reía y compartía un comentario,
quien miraba hacia lo lejos, sin ver nada,
quien buscaba entre los rostros
una cara conocida,
quien trataba de encontrar una respuesta
a la pregunta del principio.


Porque en definitiva eras tú,
la persona que allí hablaba,
la perfecta directora de esa orquesta,
la que hacías y lograbas, que aquel grupo silencioso,
te siguiera y atendiera,
que mirara tu figura y escuchara tus palabras,
que sintiera tus poemas
y con ellos que soñara con sirenas y princesas,
con las nubes y los mares,
con los bosques y los campos,
con las flores y los versos,
con las letras destiladas del cuaderno
y el perfume de lavanda, tan hermoso,
que escapaba y embriagaba.


...Pero quizás no te diste cuenta de todo esto
y hablaste sin mirar al auditorio,
sin saber que también hablabas para ti,
porque allí estabas, entre las gentes,
con tu pregunta entre los labios,
con el ansia en tus pupilas,
con el loco frenesí de los amantes:
¡porque amabas y querías, como todos!...


Rafael Sánchez Ortega ©
29/09/11

CABALGA EL CABALLERO ENTRE LA NIEBLA...

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Cabalga el caballero entre la niebla
en busca de posada y de cobijo,
sus ropas desgarradas y ensuciadas
mostraban los rigores ya sufridos.

Ha sido mucho tiempo de batallas,
en guerras con cristianos y moriscos,
en plazas defendiendo sus almenas
luchando con la lluvia y el granizo.

Pero esto sucedía en el invierno
y todo lo contrario en el estío,
entonces se aguantaban los calores
buscando en la llanura al enemigo.

Han sido muchos años de destierro,
-pensaba el caballero sin castillo-,
ya casi parecía un vagabundo
volviendo hacia su aldea y su cortijo.

Los hombres se endurecen con la guerra,
se vuelven iracundos y malignos,
olvidan que la vida es otra cosa,
más cerca de la calle y de los niños.

Olvidan que el amor está a su lado,
que surge de los labios cual suspiros,
que brota con la sangre enamorada
y fuerza al corazón con sus latidos.

Por eso tantas guerras no son buenas,
embotan la razón y el equilibrio,
desatan las tormentas y galernas
del alma singular y su navío.

Entonces la tragedia inevitable
se masca con un duro escalofrío,
los nervios se apoderan de los hombres
y surgen de sus bocas muchos gritos.

...Suspira recordando el caballero,
las tierras de castilla con su trigo,
los cuerpos en sus campos enterrados
los días del pasado mortecinos.

Recuerda aquellos días y no quiere
que salgan los fantasmas de su abismo,
que queden en las tumbas las cenizas
y duerman a la sombra del olivo.

Que duerman las envidias y los odios,
que broten los jazmines y los lirios,
que nazcan las floridas amapolas
y embriaguen la razón y los sentidos.

"...Cabalga el caballero entre la niebla
en medio del sopor y el remolino,
su alma de cartón está embriagada
y el loco corazón está dormido..."

Rafael Sánchez Ortega ©
28/09/11

DEJÉ DORMIR EL ALMA EN EL OTOÑO...

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Dejé dormir el alma en el otoño
soñando con mis globos de colores,
tenía mucho sueño retenido
mezclado con promesas e ilusiones.

Tenía entre los labios los recuerdos,
de besos y caricias en la noche,
sentía su cabello entre mis manos
bajando por la piel a sus pezones.

El alma no quería más batallas,
luchaba por dormir entre las flores,
quería descansar en el silencio
dejando en el pasado los reproches.

Quería conservar en las pupilas
la dulce campanada de las doce,
aquella que arrancó tantos suspiros
del alma inmaculada de una joven.

Atrás quedaban tiempos y miserias,
momentos de migajas y favores,
segundos suplicando una caricia
y el aire del nordeste con su azote.

Quedaban enterrados para siempre
los miedos, amenazas y sanciones,
las dudas de los pasos y caminos
la eterna encrucijada en los alcores.

Quería que mi alma descansara
ajena a las galernas y estaciones,
buscando entre las sábanas del lecho
la paz de los eternos soñadores.

"...¡Los niños que buscaban a princesas,
la bella Dulcinea y Don Quijote,
los héroes de los cuentos y relatos
en forma de poemas y canciones..."

Los sueños se mezclaban con los sueños
ajenos a este mundo y sus dolores,
nacían y morían sin saberlo
pidiendo la limosna de los pobres.

Más yo me contentaba con muy poco,
el alma no quería más prisiones,
ansiaba el dulce soplo de la vida
y el beso de unos labios seductores.

"...Dejé dormir el alma en el otoño
para sentir temblar los corazones,
quería rescatar de ese silencio
tu grito del amor y en él, mi nombre..."

Rafael Sánchez Ortega ©
27/09/11

ESTABA YO TAMBIÉN EN ESA ESQUINA...

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Estaba yo también en esa esquina
pensando si cedía o si luchaba,
si daba mi limosna como todos
a cambio de tener una esperanza.

Miraba aquellas piedras sin sentido,
la sombra de mi oscura encrucijada,
el vaso tentador de aquella copa
mis labios tan sedientos lo anhelaban.

Estaba en un desierto vacilante
en medio de las dunas y sin agua,
veía aquella copa sugerente
tan fresca y rezumando tan lozana.

Entonces yo dudé, porque soy hombre;
la carne protestaba contra el alma,
los sueños del amor y las promesas
cedían a señuelos y añagazas.

La flor de la ilusión estaba viva
y ardía por mi sangre la retama,
quería confundirme con tu cuerpo
en tarde de pasión desenfrenada.

Pero algo me detuvo en ese instante,
las luces del ocasa que marchaba,
la dulce melodía de la alondra
la bella mariposa con sus alas.

Yo andaba confundido por la tierra,
sumido entre la arena de mi playa,
tenía dos caminos por delante
y en ambos yo tenía la palabra.

Tenía que marchar a mi destino
dejando las pasiones a mi espalda,
debía de frenar y atar la brida
del joven corazón que tanto amaba.

Entonces yo lloré, como los niños,
con lágrimas silentes y calladas,
lloré por mi conciencia tan estrecha
y el trozo de pastel que me dejaba.

De pronto se agitaron los rosales,
y pude ver la alondra entre las ramas,
estaba vigilando lo que hacía,
siguiendo mis pupilas y mi cara.

Y el alma que tenía con mil dudas
sintió el escalofrío y llamarada,
debía continuar con mi camino
por mucho que la tierra me llamara.

Rafael Sánchez Ortega ©
26/09/11