PASÓ UN ÁNGEL...


Pasó un ángel con su gracia
y nos quedamos en silencio.
Pero fue algo repentino
que vino con la brisa de la noche,
algo que dejó nuestras labios muy callados,
algo que sirvió como excusa a las miradas
y pronto nuestros ojos se animaron,
y se hablaron y brillaron,
en un lenguaje dulce y sin palabras,
diciéndose mil cosas,
hablando de los sueños y la vida,
contando los relatos retenidos
en el pecho...


Y entonces aquel ángel, tan hermoso,
nos dijo con sus ojos que adelante,
que siguiéramos hablando en el silencio,
que surgieran nuestros versos y poemas;
él quería ser testigo de ese acto
para luego relatarlo por los cielos.
Él quería ver de cerca como se aman
las personas,
cómo surgen los luceros en las almas,
como vuelan mariposas de colores
más allá de los jardines
y se funden con los sueños...


...Y le hablamos sin descanso
y sin palabras.
Le contamos nuestras cosas de la infancia.
De aquel niño que soñaba con ser hombre
entre libros y juguetes aspirando
a ser adulto y encontrar aquella joven
que llevara de la mano por la playa.
De la niña con sus trenzas,
que cuidaba de otros niños más pequeños
y soñaba como sueñan las pequeñas
con su príncipe encantado,
con el hombre que viniera a rescatarla
y a llevarla a otro mundo de ilusión
y fantasía.


Eran lindas las historias que contamos
y hasta el ángel que escuchaba
muy atento no perdía una palabra.
Yo veía que él también se entusiasmaba,
que bailaba en sus ojitos una chispa
de dulzura,
una gracia y un encanto que venía
de los cielos.
Y ante eso no pudimos resistirnos.
Nos tomamos de la mano,
nuestros cuerpos se abrazaron
y se hablaron nuestras almas
con la punta de los dedos.


Nuestro ángel sorprendido no sabía
qué decirnos;
yo te dije que te amaba más allá
de las palabras,
y quería ser tu apoyo sin reservas,
y tú presta contestaste, con tus labios
en mis labios,
y dijiste con un beso que querías retenerme,
que querías ese abrazo tan eterno
rodeando tu cintura,
ese beso inenarrable que confunde
los sentidos,
ese fuego que acelera los latidos
de la sangre,
esa llama incandescente del volcán
de nuestras almas que nos haga ser eternos,
que nos lleve hasta los cielos
a dormir en ese lecho de algodón y querubines.


...Pasó un ángel con sus alas
y quedamos en silencio,
para ser nosotros mismos,
para amarnos sin palabras...


Rafael Sánchez Ortega ©
30/05/11

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