HOY ES LUNES, CUATRO DE ABRIL...


Hoy es lunes, cuatro de Abril,
el tiempo parece que ha cambiado
y la primavera se ofrece majestuosa.


He salido a la calle,
he visto el campo,
he divisado el mar,
he contemplado el cielo,
he tratado de abarcar con mis manos
todo este mundo que me rodea,
pero ha sido imposible.
Era el mundo quien me abrazaba,
el que mandaba sus caricias constantes,
el que dejaba a mi lado sus besos;
era la nube llegando con mil suspiros,
era la brisa con sus mensajes velados,
y era la gente caminando,
en este mundo donde vivo.


Yo quise gritar y rebelarme
con mi protesta,
pero el cielo sonreía en la tarde,
parecía como si no quisiera escucharme
y me ofrecía a cambio el verde
de las campiñas,
las copas de los árboles florecidos,
las margaritas incipientes de los prados,
el canto de los pajarillos en los árboles,
y la música cantarina del río, en su cascada,
cayendo en el pozo antes de seguir hacia el mar.


Entonces miré a la tierra y te busqué;
miré al espejo de mi alma
para intentar recoger el reflejo de tu cara;
quería hablarte a ti, ya que el cielo
no escuchaba;
y allí estabas,
tan callada como siempre,
con tus ojos abiertos que me hablaban,
con esa luz inagotable y atractiva,
con tus labios nerviosos y sensuales,
con tus manos finas y llenas de ternura,
con la sonrisa en tu boca de cristal...


Y te hablé y te conté de mis cosas,
de mis sueños ya viejos,
de los proyectos que tengo,
del trabajo y la vida,
pero te hablé también de ti,
(aún sin nombrarte),
y te conté que había conocido a una persona,
a una chica admirable,
sencilla y generosa,
y te dije que era bella,
que tenía un alma de cristal
y que en mi corazón mil mariposas
revoloteaban cada vez que la veía.


Tú simplemente me miraste y sonreíste,
nada dijeron tus labios,
ni una palabra,
pero entonces me habló tu mirada,
en ese diálogo silencioso y escrito
que había en tus pupilas.


Y te vi allí, tal como eras;
te vi y te sentí;
me enamoré de tus ojos dulces y tiernos,
sentí el abrazo que enviaba tu mirada,
leí el escrito de su fondo
y vi la luz, de nuevo, que escapaba
de tu alma y me llamaba.


Allí estaba tu grito,
tu suspiro en un susurro.
Querías abrazarme, estar conmigo,
querías mi cariño y mis caricias,
querías a mis labios por tu cuerpo,
querías...


Y yo también te quería dar todo eso
que tus labios reclamaban.
Quería compartir contigo el tierno abrazo,
la dulce melodía de la vida,
el beso de los labios y las fuentes,
la música del mar y las mareas,
el brillo singular de las estrellas,
el baile entre la niebla, junto al parque,
la danza de las olas,
la eterna sinfonía de las doce...


Yo quería y tú querías simplemente
y por eso nos quedamos escuchando
esa música sin nombre que venía
hasta nosotros,
ese dulce coqueteo de los astros,
ese beso de los cielos en la noche,
ese nombre que llegaba a los oídos
y sentimos, sin saberlo,
ese tierno escalofrío
del amor en la distancia.


Rafael Sánchez Ortega ©
04/04/11

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