domingo, 23 de julio de 2017

AQUELLA TARDE...



Aquella tarde busqué tus ojos,
desesperadamente;
quería ver en ellos la alegría sin nubes 
y sin brumas
y ese brillo especial de los niños
cuando son felices y ajenos
al mundo que les rodea.

Tú mirabas las gaviotas
que estaban sobre los acantilados
de la costa y trataban de recibir
el abrazo del nordeste
y el salitre de las aguas.

El mar invitaba a que desnudáramos
las almas,
a que te confiara mis sentimientos
y mis miedos,
y a que tú me hablaras de tus sueños.

Tomé tu mano y empecé a decirte
todo aquello que esperabas.
Tú sonreías y te sonrojabas,
incluso, de vez en cuando,
un suspiro se escapaba de tus labios.

Luego llegó el silencio y apoyaste
tu cabeza en mi  hombro
mientras tus cabellos
me rozaban la cara.

Al cabo de un rato fuiste tú
la que comenzó a desgranar un monólogo
y a contarme tus sueños y proyectos.

Con la mirada baja y jugando con mis dedos
me hablaste de ti, de tus estudios,
del trabajo que deseabas conseguir,
de aquella familia que ambicionabas
y de los niños. 
¡Esos niños maravillosos que nuestro
sentimiento intentaría hacer realidad
y dar vida!

Sentí tu mirada, la que buscaba
unos minutos antes, 
y vi en ella la luz y la ilusión,
el sueño llevado a la realidad
y el temblor de tus labios
que pedían todo aquello.

Lo curioso es que en ese diálogo,
en aquella charla tan intensa,
donde nos dijimos todo aquello,
y nuestros ojos y nuestras manos
hablaron,
y donde nuestros corazones latieron con fuerza, 
las palabras brillaron por su ausencia,
ya que no hicieron falta,
porque estaban ahí, 
en la esencia de la vida y nuestras vidas,
y en aquel verso final de un poema 
que vino a mis labios y decía:

"...Sin palabras, mi niña, solo mira mis ojos
para leer yo en los tuyos..."

Rafael Sánchez Ortega ©
16/07/17

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