domingo, 10 de diciembre de 2017

ACABA NOVIEMBRE...



Acaba noviembre 
y terminan los días grises,
aunque continúen en diciembre,
y en un inverno cercano, a menos de un mes ya.

Quizás es el momento de quitarse 
la tristeza y la venda de los ojos
y las almas,
de mirar a este invierno cercano, que decimos,
y a sus primeros días 
con esas fiestas de Navidad 
y la blancura que las mismas
desprenden,
en esa infancia renovada y latente,
con la sonrisa de los niños,
que nos contagia un tanto, 
y nos acerca a ellos, 
y a los instantes maravillosos
que un día vivimos 
y ahora añoramos.

Pero también vivimos y soñamos, 
lo hacemos ahora,
en este hoy y en el mañana, 
en el otoño presente
y en el invierno cercano,
lloviendo y nevando 
y aguardando la llegada lejana, aún, 
de la primavera;
y lo hacemos para volver a ver la luz como renace
en las cosas que nos rodean,
y recordando, de lejos, este otoño pasado,
con sus grises y sombras
que, en algunos instantes, 
nos encogió el alma.

Pero no, no te apures, te dices,
así es la poesía.
Unas veces amanece el día 
y ves lo que te rodea 
de una forma maravillosa y hermosa,
y otras te levantas, tras el alba, 
y persigues su luz que no encuentras,
y te invade la nostalgia,
los recuerdos,
incluso te acuerdas de los años que tienes,
y te sonríes, ya que no puedes hacer trampa
al espejo del baño.
Él sabe la cuenta exacta y te lo indica
cuando te afeitas,
cuando te lavas los dientes,
cuando te refrescas la cara,
y sí, ya sé que a ti te da igual,
pero los años están ahí, 
y aprietan en las articulaciones,
en los riñones cansados,
en las piernas que tiemblan un poco
al subir las escaleras,
en ese pulso acelerado ahora, tras caminar,
y no con el paso de la vecina del cuarto,
ni tampoco con la imagen que esperabas,
tantas tardes, en aquella alameda
para tomarla del brazo y acudir a la academia.

Por eso te digo que se acaba noviembre
y que, aunque debemos cerrar los balcones, 
por el frío,
tenemos que abrir las ventanas del alma
para ver el pulso de la ciudad que nos rodea,
para sentir la vida en sus mínimos detalles
y para gozar de esos segundos que ella nos
regala cada día.

Porque noviembre empieza con tristeza
en esos primeros días de Todos los Santos
y acaba con la ilusión y la esperanza infantil
de la Navidad y el invierno,
con esas fiestas a la vuelta de la esquina,
con esos momentos mágicos para vivir 
y compartir con la familia,
con las miradas de los niños de hoy,
con los que están cerca,
con los que están lejos,
con la cantidad de proyectos 
para el nuevo año,
con las caricias prometidas
y aquellas que se ofrecen de verdad,
entre el mazapán y los dulces,
olvidando las espinas pasadas,
los cristales rotos,
las uvas amargas que rascaron el alma.

Y sé que el alma se transforma,
porque lo precisa,
porque quiere soñar,
porque ambiciona un mundo mejor,
porque siente la poesía de la vida
y esta vez se dice que sí,
que escuchará los latidos de la misma
y los seguirá allá, donde vaya,
de día y de noche,
a pesar del otoño en que estamos
y del invierno que llega,
hasta alcanzar y conseguir
la ansiada primavera,
porque entonces, unas manos estrecharán
las suyas de nuevo y unos labios
llegarán hasta sus labios
para decirle en un susurro
que le aman.

Rafael Sánchez Ortega ©
30/11/17

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