lunes, 11 de diciembre de 2017

EL DÍA ESTÁ GRIS...



El día está gris, y llueve
y vienta,
con un olor a invierno
en el ambiente,
quizás porque ha llegado diciembre,
sin avisar,
para arañarnos con sus primeras horas,
para decirnos que hay que levantarse,
que la vida continúa 
y que hay que avanzar en el nuevo día,
a pesar de las heridas 
y de los puntos de sutura,
ya que las cicatrices 
y los campos y caminos, cargados de recuerdos,
hay que dejarlos atrás 
y solamente recordarlos para no volver
a tropezar ni caer.

Pienso en ti en este otoño,
como también lo hago en las otras estaciones, 
sin darme cuenta, o quizás si, 
porque te busco,
porque te necesito,
porque cierro los ojos y me abandono
como una barca a la deriva,
en la bajamar de su otoño.

Es curioso que tras desearlo y añorarlo
llegaras a mí,
llegó la nieve y tu carita soñadora, 
palpitando en este otoño,
llegó tu voz, tan especial, 
que me susurra en la distancia,
también tus ojitos infantiles
y castaños,
llegó el sabor de tu pupila,
siempre intenso,
y llegó el labio que se anima
y que me habla nuevamente,
aunque antes ya lo hacía "sin palabras".

Te confieso que no pude reprimir
las mariposas,
y las siento, desde entonces, en el pecho,
y me pregunto si vendrán con tus latidos,
y traerán esa sonrisa encantadora
de tus labios,
aunque pienso si serán unos gorriones
simplemente,
como aquellos de las rimas de un poeta sevillano,
y estarán sobrevolando por tu cuerpo
y besando, con sus alas, tus mejillas, 
y buscando ese refugio entre tus senos
intentando descansar del largo viaje,
que iniciaron en un puerto de la costa.

Sé que el día está muy gris 
y así lo veo por la ventana, 
pero pienso en ti 
y en lo cerca y en lo lejos que hemos estado 
en este tiempo.
Pienso en las resacas de los mares y sonrío,
ya que hemos sido algo así, 
como ellas,
unas aguas inquietas, y revoltosas, 
que se acercan a la playa, 
amenazantes en principio 
y que luego se deslizan suavemente 
hasta dormir en la arena tan dorada
de las mismas.

Quizás tenemos, al menos yo
desde este otoño,
la necesidad de llegar y varar la trainera,
de recoger los remos,
de tendernos entre los brazos de la poesía
y cerrar los ojos,
de dormir profundamente entre sus brazos
y sentir unos dedos recorrer la piel,
deslizarse por mis brazos y mi pecho,
para así sentir, y compartir,
hasta el soplo de la brisa de tus labios,
porque quiero que mi alma se estremezca,
porque quiero sonreír con tu sonrisa,
y decir y gritar a los cuatro vientos
que te amo, que te quiero,
que te necesito,
aunque tú no lo sepas, 
o quizás sí.

Rafael Sánchez Ortega ©
01/12/17

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