ERA UN ADIÓS...


Era un adiós quizás desangelado,
una triste y amarga despedida,
porque todo quedaba en un pasado
con la sangre surgiendo de la herida.

Pero vino una mano a mi costado
y traía una rosa agradecida,
con un beso y el sello inmaculado
que detuvo mi adiós, en esa huida.

Y de nuevo sonaron los clarines
una tarde de junio, quizás breve.

Se volvieron azules los jardines
recordando el embrujo de la nieve.

Y a la vez revivieron los violines
y tu pecho pedía que lo lleve.

Rafael Sánchez Ortega ©
26/06/14

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